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Intemperie

30/08/2018

Hay libros que son brutales. A veces para lo bueno, en los que prácticamente todo, el estilo, la historia, los personajes, etc. roza la perfección; a veces para lo malo, porque la cosa promete pero se viene abajo sin remedio a medida que pasan las páginas. Intemperie es de las primeras, una novela brutal de las buenas.

 

Foto: cortesía de Seix Barral

 

Brutal es, en mi opinión, uno de los mejores adjetivos para catalogar Intemperie, la primera de las dos novelas publicadas por Jesús Carrasco (la otra es La Tierra que pisamos), ambas editadas en por Seix Barral. En 2013, año de su publicación, Intemperie se hizo, entre otros muchos, con el premio al Mejor Libro del Año del Gremio de Libreros de Madrid (si quieres ver a los ganadores de otras ediciones, haz click) y fue designado como Libro del Año en El País. Ahí es nada como carta de presentación.

 

Intemperie es brutal tanto en su fondo como en su forma. Comenzando por la forma, son dos los rasgos más sobresalientes de esta novela de poco más de 200 páginas: el uso del lenguaje y la construcción del texto.

 

La riqueza del vocabulario asociado al mundo rural es pasmosa y, lo mejor de todo, no se hace pesada o forzada. No vamos a leer un diccionario de términos de aperos del campo, ni mucho menos, sino que aparecen palabras (muchas) referidas a enseres que cumplen alguna función en el campo, por desconocidas que sean para los urbanitas. Remotamente, y pensando mal, podría considerarse que estamos ante un alarde de Jesús Carrasco, para avasallar al lector con el dominio del diccionario; sinceramente, no creo que sea esa la intención, sino más bien colaborar con la ambientación de la historia y pienso que estamos ante el reflejo de una prosa cuidada en todos sus detalles.

 

Ese cuidado en el texto, en su construcción, sobresale en Intemperie. Estamos ante un estilo compuesto por frases  cortas y sencillas, pulcras y precisas, enlazadas con mimo. Además, la coherencia del texto, de su ritmo y de su estilo con la historia es absoluta, ya sea en los pasajes más descriptivos, en los diálogos o en los momentos más reflexivos. La calidad del texto, en definitiva, es una maravilla, se hace patente desde el principio y se saborea.

 

En cuanto a la historia que nos quiere contar Jesús Carrasco en Intemperie, brutal vuelve a ser la palabra. Para ser precisos, son varias las brutalidades, todas entroncadas con la principal, con la de un niño que huye de casa, encuentra a un pastor y... hasta aquí puedo contar. Lo que le espera en la huida y aquello de lo que huye rivalizan en brutalidad. La historia de fondo se percibe muy intensa, mientras la trama más inmediata centrada en la marcha del niño resulta asfixiante por la ambientación seca y bajo un sol abrasador. Toda la narración está protagonizada por unos pocos personajes sin nombre muy bien caracterizados. La potencia máxima se alcanza al llegar al desenlace: tremendísimo. 

 

Por poner alguna pega, diría que tanta desgracia resulta demoledora, así que la cándida y pacífica imagen del cordero la portada no podría resultar más engañosa. En su periplo, el niño sale de una para meterse en otra peor. La tragedia se extiende a toda la novela: protagonistas, entorno, historias. No hay un respiro y eso se me hace un poco cuesta arriba; en particular, me pareció algo innecesario que el tullido que aparece a mitad de novela tuviese que ser tullido. Si andas tocado de ánimo, puede que sea mejor que leas (devores; se lee en un santiamén) Intemperie en otra ocasión. Porque Intemperie es una novela dura (muy dura, a decir verdad) que mereces disfrutar muchísimo gracias a una prosa y un cuidado excelentes.

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